Hoy he viajado en el mismo vagón de tren que un hombre canoso, de piel arrugada, de esos que sostiene su bastón con manos llenas de pequeñas manchas marrones, de manos de tierra mojada. Miraba por la ventana observando el fugaz paso de la naturaleza. Me he sentado a su lado, me he asomado a su mismo paisaje, para poder imaginar qué puede pensar con cada sombra verde que se esfuma a nuestro paso. Allí estaba al lado de aquel hombre, con sus gafas puestas, abrazando una maleta. No se ha sorprendido ante alguien nuevo, ha sonreído y ha hablado, y hablado, y ha seguido hablando, y ha vuelto a hablar. Y mientras hablaba, yo observaba la maleta, que también decía muchas cosas.
Su maleta ha hablado del poco peso de los años, que tanto caben en ella. Ha hablado de 80 años de compañía, para terminar en soledad. Hablaba de muchos lugares, de experiencias vividas por primera vez; y luego una segunda, una tercera, una cuarta...hablaba de tiempos de guerra, de tiempos de paz. Hablaba de mujeres hermosas, y mujeres que duelen. Hablaba de ganarse la vida, y mentir para ello. Hablaba de haber aprendido el libro más gordo: la vida; y verse obligado a aprender ahora "la nada".
Y entonces he pensado, ¿qué llevará la maleta que abrace cuando mis manos sean de tierra mojada?
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